Alocución que Federico González Suárez, Arzobispo de Quito, dirige al clero así secular como regular de la Arquidiócesis y a todos los ecuatorianos de la República
Ayer cuando por la tarde, el Sol, trasponiendo la enhiesta cordillera del Pichincha, se ocultó en el Occidente y dejó a esta nuestra ciudad alumbrada por la melancólica claridad del crepúsculo vespertino el año de mil novecientos trece se hundió también para nosotros en el abismo de lo pasado: era e...
Gardado en:
| Autor Principal: | |
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| Formato: | other |
| Idioma: | spa |
| Publicado: |
1914
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| Subjects: | |
| Acceso en liña: | http://hdl.handle.net/10469/12383 |
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| Summary: | Ayer cuando por la tarde, el Sol, trasponiendo la enhiesta cordillera del Pichincha, se ocultó en el Occidente y dejó a esta nuestra ciudad alumbrada por la melancólica claridad del crepúsculo vespertino el año de mil novecientos trece se hundió también para nosotros en el abismo de lo pasado: era el último día del año: el tiempo avanza en su carrera, y hoy hemos comenzado ya un nuevo año. En el terminar de un año hay siempre algo de tristeza, como el acabamiento de la vida humana, a la claridad del día, que, poco a poco, se va amortiguando, sigue la oscuridad de la noche, que invade a la tierra, entenebrece la atmósfera, y todo lo envuelve en sombras. |
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